La legendaria cara Norte del Eiger, espectaculo que pude disfrutar el pasado Diciembre.


jueves, 31 de julio de 2008

Lo mejor de la tele.

En la televisión alemana, sólo se puede ver dos canales en abierto. Los dos canales públicos. Si se quiere disfrutar de más canales, no hay otra que acudir a la televisión por cable. Ésta tampoco es una maravilla, en cuanto a la programación se refiere. Hay muchos canales, pero verdaderamente, la programación carece bastante de calidad. Las películas brillan por su ausencia, y a parte de las series habituales tipo Grey Anatomy´s, la ficción es escasa. Cuando haces zapping, lo más probable que te encuentres son reality´s, ya sean del tipo Gran Hermano, o de gente que canta, o de bailarines, así como el conocidísimo programa sobre futuras modelos con Heidi Klum como figura estelar.
Con este panorama no es extraño que muchas veces lo mejor de la televisión sea la publicidad. Y estos días se está emitiendo un anuncio que da la razón a esta teoría. El anuncio toma como principal protagonista a Paul Potts. Para quien no les suene el nombre, comentar que es el ganador de la versión inglesa del programa "Tienes talento". Este joven galés, se presentó a las pruebas previas de selección y ante la pregunta:
- Qué sabes hacer?
El respondió; -canto opera.

Ante la susceptivilidad del jurado y del público en general, cantó la conocida aria de Puccini "Nessun Dorma". Y el resultado fue de lo más inesperado.
Ahora, meses después, una gran compañía de comunicación alemana ha tomado ese vídeo como eje central de uno de sus anuncios, y el resultado es muy satisfactorio. Creo que es uno de los mejores anuncios del año, bajo mi modesta opinión.
Para que juzguéis por vosotros mismos aquí os dejo el anuncio.






Un saludo

jueves, 10 de julio de 2008

Marmotte

Cima del Col du Galibier (2645 mts del altitud)
Hace algunos meses ya hablaba en este blog sobre la Marmotte. Es una marcha ciclista mítica. Sin parangón, por su recorrido. Durante sus 174 Km se recorren puertos como el Col du Glandon, Col du Telégraphe, Col du Galibier y, para finalizar, Alpe d´Huez. Desde hace meses habíamos decidido que ésta sería una de las aventuras del 2008. Además de ser excusa y justificación para el reencuentro con gente a la que desafortunadamente no tenemos la oportunidad de ver con frecuencia.

Comenzamos el viaje el jueves, pasamos la noche en Ginebra, en casa de una amiga de Anais, y al día siguiente, viernes, continuamos con el viaje hasta Bourg d´Oisans, localidad de inicio de la marcha. Llegamos por la tarde, y recogimos el dorsal en la estación de Alpe d´Huez. Allí, nos encontramos con los que venían de Freiburg, Alemania (Anne, su novio Simon, y un par de amigos suyos). Y más tarde aparecieron los que venían de Valencia; Zori y Oscar. Los muy burros subieron en bici y cuando les quedaban 5 km hasta arriba, pararon una furgoneta de españoles para que les subieran, porque la cosa se estaba poniendo fea. Desde allí, al camping. Un poco de cena, y a dormir.


El paisaje desde el Col du Galibier es espectacular.

El día siguiente amaneció temprano. A las 5:00 sonó el despertador, y todos arriba. Desayunamos en el comedor del camping y después de preparar todo laboriosamente, emprendimos el camino hasta Bourg d´Oisans. Nuestro camping distaba de la salida seis o siete km. Y mientras nos aproximabamos nos cruzamos con los que tomaban la salida a las 7:00 -nosotros lo hacíamos a las 7:30-. Fue un espectáculo bonito, ver cientos de ciclista de un montón de nacionalidades diferentes que se encaminaban a un mismo objetivo; finalizar los durísimos 174 km de la Marmotte. Nosotros, Zori, Oscar, Anais y yo, continuamos en sentido contrario a los que ya habían iniciado su andadura, y logramos llegar a la salida con la hora pegada. El grupo de amigos alemanes había dormido en otro lugar, y con la rectitud que les caracteriza, estaban en primera linea de salida, pues hacía casi una hora que habían llegado. Anais se quedó en Bourg d´Oisans, pues ella estaba inscrita en la Mini-Marmotte y empezaba en otra localidad. A la que tuvo que llegar haciendo dedo, todo sea dicho. A este respecto, la organización un cero. Tuvo suerte y la cogieron un grupo de holandeses que la dejaron en el pueblo donde ella empezaba (a 80 km de donde lo hicimos nosotros). Entre los más de 8.000 ciclistas congregados podías localizar procedencias de lo más variopintas. Había muchos holandeses e ingleses, pero tambíen había muchos alemanes y paisanos nuestros. Especialmente vascos. Pero podías encontrarte con gente de Australia y Nueva Zelanda, como con gente venida de Canada. Es decir, una verdadera torre de Babel, con un nexo común; la bicicleta.

Anais en Alpe D´Huez



En plena subida al Galibier.

Después de la salida hay unos diez o doce kilómetros llanos en los que los tres (Zori, Oscar y yo) fuimos adelantando gente a un ritmo bastante vivo. Hasta que llegamos al inicio del Glandon. Este es un puerto de 22 km al 6,7% de pendiente media. Como empiezas fresco y lo subes sin prisa a la espera de lo que queda no se hace excesivamente duro. Antes de coronar, Zori continuó a su ritmo para ir regulando, por lo que me fui hacia delante con Oscar. La bajada es muy peligrosa, con carretera estrecha y curvas bastante complicadas. Una vez terminado el descenso nos integramos en un grupito que iba a muy buen ritmo. Y de nuevo a subir. El Col du Telegraphe (12 km al 7% de media de desnivel), una pequeña bajada de 5 km, y ahora si empezaba lo bueno; el Galibier. Este es un puerto mítico, de los más duros de Europa. Tiene 18 km al 6,7% de desnivel, y coronas a 2645 metros de altura. En lo más alto de una montaña, no puede estar más arriba. Un dato, sólo hay tres puertos en Europa a mayor altura. Ahí arriba llegas bastante tocado, pero yo me encontré bastante bien, durante todo el tiempo fui adelantado gente y me encontraba bastante fresco -dentro de lo que cabe-. Arriba había un avituallamiento ofrecido por el mismo ejercito francés. Con unos bocadillos pequeños que sabían a gloria. Después de descansar un poco; a bajar. 40 km de bajada.


Vista de los últimos kilómetros del Col du Galibier y el rosario de ciclistas que se aproximan a coronar.

La bajada se hace eterna, y cuando estaba casi abajo llegó el incidente desafortunado que condicionó, no sólo la marcha, sino todo el fin de semana. Cuando me quedaban unos 4 km para terminar la bajada, entramos en un túnel oscurísimo -ya habíamos pasado otros parecidos-. No se veía nada. En uno de estos túneles había una curva a izquierdas nada más entrar. Llegas del sol y entras a la oscuridad, con lo que, hay un par de segundos que casi no ves nada hasta que la vista se adapta a la oscuridad, después de esos dos segundos me encontré con la curva encima de mi sin tiempo para corregir la trazada. Iba por encima de 50 km/h, y me fui contra la pared. El golpe fue bastante fuerte. Me levanté un poco mareado y desconcertado, pero una breve mirada a mi hombro derecho me descubrió que tenía todo el mallote roto y ensangrentado. Al igual que la mano derecha, en la que tenía bastante sangre. Estuve un momento desconcertado, sin saber muy bien como actuar. En esto, llegó un gendarme y comenzó a pedirme que saliera del túnel -era bastante probable que los que venían detrás de mi me arrollaran si seguía en esa ubicación-. Así que, de manera un poco automática me puse la zapatilla que me faltaba -no se como pero estaba a más de dos metros de donde yo quedé tendido-, y comencé a pedalear hasta el final del túnel. Pero una vez, en la bici y un poco más lucido, pensé enrabiado: "voy a terminar esta puta carrera, y no vuelvo más aquí". Y así lo hice, continué -de lo que ahora me alegro enormemente-. Aunque tenía una maneta que miraba a China y el sillín apuntaba al cielo, comencé nuevamente a pedalear. Me limpié un poco la sangre que me manaba de los dedos con un poco de agua y eché un vistazo a lo que tenía en el hombro y el codo. Ya para entonces las heridas me ardían como si tuviera fuego.

Descenso del Col du Galibier

Comencé la subida a Alpe D´Huez, con la única intención de llegar arriba. Las veintiuna curvas de esta montaña son conocidas por cualquier aficionado al ciclismo, y sus 13 km al 8,2%, le hacen el puerto más famoso de todo el mundo. Desgraciadamente no pude disfrutar de la subida como me hubiera gustado, no disfruté del paisaje, del esfuerzo que supone una ascensión así, ni de la recompensa de conseguir subir. Desde la caída no disfruté nada, pues no podía dejar de pensar en llegar y curarme las heridas. Incluso llegué a pensar que tenía la clavícula tocada, porque a medida que pasaba el tiempo, me dolía más y más. Durante la ascensión me encontré a Anais y a Anne. La última estaba animando y Anais estaba haciendo una parada para coger un poco de aire y continuar con el calvario de cada pedalada. Les dije que me había caído, que la esperaba para ir a ver a los sanitarios. Y km a km, metro a metro, llegué a la meta en todo lo alto de la estación. Al final 7 horas 55 minutos.


Ascensión de Alpe D´Huez, después de la caida.

Cuando llegué estuve bebiendo un poco y comiendo algo. Desde la caída no había comido y casi tampoco bebido. A los 10 minutos llegó Anais, y una hora después Oscar. Para entonces ya me estaban curando. Tenía todo el lado derecho magullado y con heridas. Me dieron un par de pastillas y después estuve toda la tarde mucho mejor. Comimos un poco, charlamos y tres horas después que yo, llegó Zori, que se lo había tomado con tranquilidad. Como nos contó más tarde.

En resumen, hubo dos partes claramente diferenciadas. La primera antes de la caída. Hasta ahí, disfruté del paisaje, de la compañía y de una experiencia increíble como es el ciclismo en un entorno, creo que, inigualable. Y la segunda parte, el resto desde la fatídica caída. Desde que me puse nuevamente en pie, hasta llegar a meta me repetí un montón de veces, que no volvería a venir, que no haría nunca más una marcha de alta montaña. Pero ahora, seis días después, con las heridas que ya tienen costra y el hombro en clara mejoría, empiezo a cambiar de opinión. No se cuando, pero me gustaría que mi recuerdo de Alpe d´Huez no sea el que me ha quedado, porque es una montaña tan bella y mítica que no se merece que yo la recuerde así. Por eso, y porque me gustaría disfrutar de su ascensión como se merece, creo que habrá que dar a la Marmotte una segunda oportunidad. No sé cuando. Y no creo que sea en corto plazo, pero en un oscuro túnel cerca de Bourg d´Oisans, deje una deuda pendiente. Y sería justo que algún día vuelva a cobrarla.


Todo el grupo, en la llegada de Alpe d'Huez



Un saludo



miércoles, 2 de julio de 2008

El fútbol es un juego de once contra once y, ya no siempre, gana Alemania

Alemania vuelve a la normalidad después de tres o cuatro semanas de desenfreno futbolístico. En una de las entradas anteriores ya comentaba que aquí el fútbol, y la selección nacional, son algo grande para el alemán de a pie. Los medios de información se vuelcan, y esta Eurocopa, no ha sido una excepción. En los dos canales públicos se han podido ver todos y cada uno de los partidos, desde el primero al último. Cuando jugaba Alemania, había un previo de un par de horas y después del partido otra más para el análisis del cómo, dónde, y por qué. A medida que avanzaba el campeonato, el entusiasmo general, que ya era alto desde el inicio, crecía. Y pasearte por una ciudad alemana, era encontrar el negro, rojo y amarillo de la bandera nacional por todos lados; en coches, ventanas, en las bicis o al cuello a modo de capa, que a más de uno he visto de esa guisa, al estilo Superman. Los periódicos dedicaron sus portadas los tres días previos a la final a la selección, y en alguno de ellos podrías encontrar foto-montajes de toreros con la cara de jugadores alemanes, y algún titular muy folclórico y que tiraba de estereotipo.

Pero hoy la historia es otra bien distinta. Paulatinamente, van desapareciendo las banderas que durante las dos últimas semanas han inundado todo, y el fútbol que lo colmaba prácticamente todo deja paso a otros temas en radio, televisión o en las conversaciones cotidianas del día a día. Desde el Domingo por la noche hasta ahora, he escuchado en innumerables ocasiones a apelar al futuro. Al 2010, el próximo mundial de Sudáfrica. Porque a pesar de haber perdido la final, los alemanes se sienten orgullosos de su selección, y confiados en que en dos años volverán a estar en lo más alto. Motivos no les faltan -han ganado tres mundiales y otras tres eurocopas-.












Por mi parte, disfruté con la semifinal, aquí, en Tübingen. Lo vimos con algunos españoles más, pocos, porque aquí no somos muchos, en un Pub donde despliegan tres pantallas grandes. Suele congregarse mucha gente joven, estudiantes en su mayoría. Allí coincidimos con algunos rusos, y una amplia mayoría de alemanes a la espera de rival. Después de la victoria española, estuvimos cantando y festejando en el centro de la ciudad. Finalizamos la noche tomando una copa en un discobar y bailando con unas simpáticas rusas una rumba catalana. Casi como en casa.

El Domingo, día de la final, estábamos en Frankfurt visitando los padres de Anais. Es una ciudad grande, mucho más que Tübingen, y eso nos permitió disfrutar de un ambiente más a lo grande. Vimos el partido en una de las múltiples pantallas gigantes instaladas en la ciudad. Junto a un numeroso y ruidoso grupo de españoles. Convivimos armoniosamente con los aficionados alemanes. Muy silenciosos todo el partido. Empezaron cantando y animando, pero esos cánticos se fueron extinguiendo, a medida que su equipo naufragaba ante los envites españoles. Finalmente, España vuelve a ser campeón de Europa, después de 44 años. Y he de reconocer que me llevé una de las mayores alegrías que me ha dado el fútbol. Pues cada dos años, de manera irremediable, la selección siempre me daba el disgusto. He visto al Real Madrid, mi equipo, jugar tres finales de Champions League, y las ha ganado las tres. En cierto sentido, lo que me faltaba por ver era una gran victoria de la selección, y llegué a pensar que ésta no se produciría nunca. Pero llegó. Y la alegría se desbordó en una pequeña plaza de Franfurt, y de ahí a la plaza de la ópera, y en ésta a la fuente. Y hubo cohetes, y fuegos de artificio, y banderas españolas, los coches pitaban mientras la gente exhibía su alegría. Y todo esto, mientras miles y miles de alemanes desfilaban hacia casa, y nos dejaban la ciudad para nosotros solos. Y esa noche, por un rato a muchos de nosotros nos pareció que estábamos en cualquier rincón de España.




Un saludo. Y Viva España.

lunes, 23 de junio de 2008

España-Alemania. Quizá, por qué no?

Ayer, después de un montón de desilusiones, pude ver a la selección española pasar de cuartos en una fase final de un gran acontecimiento futbolístico (ya sea Mundial o Eurocopa). Recuerdo perfectamente la calurosa tarde del 94, en que Italia eliminó a España del Mundial de Estados Unidos. Lo vi junto a los amigos en un bar del pueblo, y en aquella tierna edad en las que este tipo de cosas afectan tanto, que carita se nos quedó.



Afortunadamente, ayer no se repitió la historia de siempre -para la que ya estaba preparado y mentalizado en un intento de no emberrincharme-. Y por fin, voy a poder ver a la selección en una semifinal, e incluso en una final si nos ponemos a pensar. Todo se verá.

Ayer seguimos el partido desde mi casa, habíamos invitado a unos amigos y vecinos, preparamos una ensalada, una tarta y metimos en la nevera mucha cerveza y radler (cerveza con limón). Todos apoyaban a España, pero en el padecimiento de la emoción me quedaba sólo. Después de los penaltis, y de despedir a nuestros invitados nos acercamos al centro de la ciudad. Había más policía de lo habitual, pensamos que en espera de una posible celebración italiana, que aquí hay muchos italianos. En el centro de la ciudad nos encontramos con tres pequeños grupos de españoles con camisetas y banderas, además de tres o cuatro coches pitando y mostrando también banderas españolas. Eramos cuatro pelagatos, con las que se arman cuando ganan otros países, esto no tiene nada que ver. A pesar de ello, somos ruidosos, eso no lo voy a negar.

El miércoles juegan Alemania y Turquía. Habrá celebración si o si. Si gana Alemania, la cosa está clara, y si gana Turquía, ...., pues también. Al fin y al cabo, los turcos son más de ocho millones en este país. La minoría mayoritaria.

Tengo la impresión que puede haber una posible final Alemania-España. No pensé que pudieran jugar juntos, pues sabía que ello sólo podía suceder en la final, pero cada vez lo veo más cerca. Si se da el caso, va a ser una situación extraña. No me imagino celebrando los goles españoles rodeado de un montón de alemanes. Pero lo que no quiero ni imaginar, es si se da esa final y gana Alemania. Ya lo he dicho, no lo quiero ni imaginar. Eso sería demasido duro. Sólo en pensar la que me daría un compañero de trabajo que está loco por el fútbol, la idea me resulta notablemente desagradable.
Un saludo

miércoles, 11 de junio de 2008

La Eurocopa desde aquí.

Ayer la selección española jugó, y ganó, su primer partido de la Eurocopa que se está celebrando en los vecinos Austria y Suiza. Vimos el partido con un amigo español en un bar enclavado en una zona de residencias de estudiantes que debe ser lo más parecido a la famosa torre de Babel. En eso edificios enormes de 14 y 15 plantas sólo viven estudiantes. Muchos alemanes, pero otros tantos, de todos los rincones del planeta. Aunque yo solo conozco a un compatriota en Tübingen, ayer pude comprobar que no soy el único aquí. No había muchos, pero pude comprobar como una decena de estudiantes españoles coincidían conmigo en ese bar para ver el partido. Aunque en un primer momento se pudiera pensar que había más, pues un chaval se dedicó durante los momentos previos del partido a pintar la cara con los colores de la bandera nacional a todo el que por allí andaba, ya fueran estos de Castilla, o de las Antípodas australianas. E incluso, había algunos aficionados que animaban ruidosamente a Rusia -el equipo rival-, y tenían la cara decorada por el rojo y amarillo. Contradicciones de la vida.


Aquí, la Eurocopa se vive intensamente. La gente en la calle habla mucho sobre fútbol y siguen los partidos con interés. La televisión pública se vuelca con el acontecimiento y da todos los partidos en abierto. Pero si la gente muestran interés por la competición, por su selección lo que hay es devoción. La televisión emite constantes ruedas de prensa de los jugadores alemanes, y en uno de cada cuatro coches se puede ver la ventana decorada con una pequeña banderita de Alemania, o dos, una a cada lado. Como detalle curioso una de mis compañeras, tiene colocada en el manillar de la bici una bandera pequeña.


El Domingo, Alemania jugó su primer partido -ganó con solvencia-, lo vimos en casa de un amigo y cuando salimos para volver a casa, pude comprobar que la gente había tomado la calle, con coches llenos de gente que exhibían banderas y tocaban el claxon. Incluso la policía había cortado calles importantes de la ciudad, porque eran donde mayoritariamente se daban cita los exultan tes aficionados. Y esto tratándose solo del primer partido ante Polonia. Si ganan la Eurocopa no sé que va a pasar aquí. Creo que fue algo exagerado. Pero como ya os he dicho, la gente esta con su selección. Se nota que les ha dado muchas alegrías, si se hubieran llevado tantas desilusiones como nosotros, los españoles, quizá su fervor por el equipo nacional decrecería.


De momento así está la cosa. Ya veremos a ver que pasa según avanza el campeonato.


Un saludo

miércoles, 21 de mayo de 2008

Tiburón

La primera vez que vi el mar creo que contaría con unos diez años. Fue en unas vacaciones con mis tíos a la costa murciana, si no recuerdo mal, en Los Alcázares, un pueblecito muy turístico. Justo antes de viajar, pasé unos días en Coslada, la ciudad donde viven los tíos con los que realicé aquel viaje. En aquellos días, disfrutaba de un lugar que me aportaba una perspectiva muy diferente a mi hábitat natural. Pasaba de un pequeño pueblo, a un barrio de una gran ciudad. Allí pasaba unos días en los que era un no parar. Siempre había alguien en la calle con él que jugar. Solo en aquel bloque en él que vivían mis tíos, ya vivían más chavales que en todo mi pueblo.

La cuestión es que en aquellos días, antes de viajar a Murcia, una tarde mi tía me puso un vídeo (VHS). Otro gran descubrimiento para mi, ya que en mi casa nunca habíamos tenido, al igual que los canales privados, pues en mi pueblo por aquel entonces solo podíamos ver TVE 1 y 2. Resulta que en aquel vídeo alguien había grabado la película Tiburón. Y esta película me produjo un impacto tan fuerte, que días después en las murcianas aguas del Mar Menor, mis tíos no podían hacerme entender que allí no había tiburones. Y en el momento que no "hacía pie", me entraba una tensión que me obligaba a mirar hacia todos lados con mis flamantes gafas para bucear -de esas elípticas, en las que la nariz y los ojos comparten un espacio conjunto bajo un grueso cristal-, que me habían comprado en un "todo a 100".


Fueron unas vacaciones geniales. Diría yo, que inolvidables. Especialmente, porque fueron cuando descubrí el mar y pude bañarme en él. Pero siempre que las recuerdo me viene a la cabeza el miedo que pasé a que un gran tiburón blanco me arrancara una pierna de un bocado.
Ese cierto poso de temor a esos animales, me vino a la cabeza hace unas semanas cuando en un correo electrónico me enviaron las fotos más espectaculares del año. La más votada era una en la que un tiburón de dimensiones gigantescas saltaba a engullir a una persona que permanecía suspendida de un helicóptero. Al ver esa foto, estuve discutiendo con Anais si lo tiburones saltaban o no podían saltar fuera de la superficie. Pues bien. El siguiente vídeo, no sólo contesta esta cuestión, sino que además, da fundamento a mis terrores infantiles.



Un saludo

jueves, 15 de mayo de 2008

Rotura de ligamentos

El acompasado sonido del teléfono distrajo su atención del libro que tenía en las manos. Se trataba de una novela antigua, que después de ver la adaptación en cine siempre había tenido curiosidad en leer. Se acercó al teléfono y descolgó. Al otro lado de la línea reconoció la voz familiar de su novia.

- Estoy en el médico. Le dijo ella. Lo que le desconcertó por un momento, pues lo lógico es que ella se encontrara en la Universidad. Al interesarse más, pudo saber que ella había sufrido una caída en una de sus clases mientras hacían salto de vallas. Le comentó, que tenía cierto dolor en la rodilla, pero que sólo al realizar determinados movimientos. Una vez hechas las primeras aclaraciones, el muchacho se tranquilizó, y continuaron la charla en un intento de planificar las horas siguientes. Flotaba en el ambiente la idea que la cosa no parecía grave, pero habría que esperar que el médico diera su veredicto.

Así, acordaron que él cogería el coche y marcharía a hacer una lavadora. Su casa era demasiado pequeña y aunque en la cocina existía el hueco destinado a este electrodoméstico, la colocación de la bolsa de basura destinada a envases, les había empujado a desechar la idea de adquirir una. La idea era que después de que uno lavara y el otro terminara su visita con el doctor, ambos marcharían juntos a la piscina de verano, que hacía pocos días había iniciado su actividad y con un tiempo que esa semana estaba acompañando, la combinación era más que sugerente.

El muchacho colgó el teléfono y se dispuso a realizar el ritual de separar la ropa sucia por diferentes colores y tejidos. Para posteriormente introducir la colada en una gran bolsa de plástico duro, que ellos utilizaban habitualmente tanto para la compra como para ir a la lavandería. Colocó, después, cuidadosamente un par de toallas y dos bañadores en una mochila. Y hubo de buscar por unos momentos las chanclas de ella, para darse cuenta que quizá fuera ella misma quien las tenía, pues tenía clase de deporte y quizá pensaba ducharse después. Habiendo comprobado que tenía todo lo necesario, echo un último vistazo para verificar que no olvidaba nada. Y antes de cerrar la puerta retrocedió, pensando en que olvidaba el detergente para lavar.

Condujo tranquilo, con la ventañilla medio bajada, y disfrutando de los vivos colores que el paisaje en ese momento del año ofrece. El tráfico era escaso en esa hora de la tarde y el trayecto hasta donde debía lavar se desarrolló más rápido de lo esperado. Quizá debido a que encontró una plaza de aparcamiento casi en la misma puerta. Introdujo la ropa sucia y puso las monedas. Siempre que introducía las monedas en la maquina no dejaba de pensar lo abusivo que le parecía el precio por un lavado.

Como habían acordado, cuando hubiera acabado con lo de la ropa, pasaría a buscarla. Cuando llegó al edificio donde el médico tenía su consulta distinguió rápidamente la bici de su novia. Parecía que aun no había acabado, de modo que subió. En una sala de espera atestada de gente la encontró sentada en una silla. Tras interesarse por los pormenores de su estado y de los detalles del accidente. Se acomodó en su asiento y guardaron silencio. En el cuarto hacía bastante calor, y según ella le había contado las largas esperas estaban poniendo algo enfurecidos a los impacientes pacientes. Un vistazo a la sala le permitió comprobar que aquello era cierto. La gente se agitaba con cierto nerviosismo en sus asientos y algunos resoplaban sonoramente, en un intento de apaciguar su tedio. Los dos muchachos debieron esperar unos minutos más, no demasiados, hasta que un enfermera entró en la sala y llamó a la chica para que la acompañara. Mientras el muchacho quedó a la espera. Tras varios minutos esperando localizó en una mesa llena de revistas y libros en un idioma que aun le era extraño un título que podía comprender "Das magische Auge" -El ojo mágico-. Uno de esos libros que tras un primer dibujo esconden figuras ocultas. Lo estuvo examinando y en vista de lo poco que había que hacer y que aun tendría que esperar más tiempo, se lanzó al intento de visualizar lo que detrás de aquellos dibujos quedaba oculto. Para ello, fijaba su mirada fijamente en la hoja, hasta que ésta se le ponía borrosa, pero por este mecanismo y tras varios intentos, no consiguió el objetivo. Después abordó otro de los mecanismos que él recordaba que se utilizaban para ver este tipo de figuras; colocarse muy cerca del papel y luego ir alejándolo. Dudó un momento ante la idea de parecer un poco estúpido a los ojos de los demás. Pero el aburrimiento que había fuera de aquel libro le alejó esta idea de la cabeza. Comenzó a practicar la nueva maniobra de una manera concienzuda, en ocasiones levantaba la mirada para ver si el resto de personas lo miraban o se burlaban, pero nadie le prestaba la menor atención, así que continuó hasta que una voz conocida rompió su concentración y le dijo; -nos vamos?. Volvió a depositar el libro en su sitio, no sin cierto desencanto al no haber logrado visualizar ni uno solo de los enigmas ocultos, y salió de la sala.

Fuera, frente a un mostrador se encontraba su novia hablando con una de las enfermeras, según supo posteriormente, acerca de una nueva cita. Cuando se pudo aproximar un poco más, vio con claridad como le habían colocado una estructura rígida que la ocupaba casi la totalidad de la pierna afectada. Sobresaltado la miró a los ojos. Y en ese momento se produjo una comunicación no verbal tan poderosa como para que él pudiera anticipar las palabras que segundos después iba a escuchar. Al igual que un relámpago y un trueno. La mirada le adelantó el sonido; -tengo los ligamentos de la rodilla rotos. Y la decepción inundó ambos rostros. Tras unos segundos de silencio ella continuó; - adiós a Reutlingen, a Steinberger See, a la Marmotte, .... Y en ese momento sus ojos luchaban denodadamente por no derramar unas lágrimas que llamaban a la puerta como única vía de escape a la frustración y la rabia. Porque, todos los planes, todas las ilusiones, todos los esfuerzos y sacrificios ya realizados, ...... todos se veían truncados. Y no eran sólo las competiciones y los viajes -y eso que en algunas ya se había pagado la inscripción-, sino había algo más. Estaba la idea de que durante casi medio año no podría hacer una de las cosas que más le gustaban y a las que dedicaba buena parte de su tiempo libre, pues es que el deporte era una de las cosas que más la divertían y más placer le proporcionaban. Y todo eso implicaba, mucho aburrimiento, y sobre todo; mucha desilusión.


FIN


P.D. Ahora si podéis poner nombre a los personajes ya podéis completar la historia. El chico soy yo, y la chica Anais, que el Jueves pasado se rompió los ligamentos de la rodilla derecha.



Un saludo